Es la hora de jugar ♪

22 de agosto de 2009

Él la encontró a ella en un cumpleaños. Era de esas reuniones que él tanto odiaba, pero cumplía con una amistad de años. Ella estaba invitada por un amigo de un amigo. Él la vio allí, postrada con una copa de vino tinto. Él, al instante se enamoró. Ella no le hizo mucho caso. Él se acercó, ella ni se inmutó. Él la saludó, ella le contestó. Él tenía tiempo que no la veía. Los años habían pasado y la habían mejorado. Él no sabía como llegar, ella no daba aires de querer conversar. Él se atrevió, a ella de repente le gustó. Platicaron por un rato, tal como lo hacían tiempo atrás. Él le habló de cine, de libros, de anécdotas en los últimos años. Ella le contó de sus amoríos, de sus nuevos gustos y de sus viajes de reencuentro. La noche se acabó. Él de ella no se despidió. Ella se fue molesta. Él se fue enamorado. Él la invitó a salir al día siguiente. Ella decidió probar. Se vieron y tomaron vino. La conversación, tal como el día anterior, fluyó como dos conocidos de toda la vida. Él se perdió en ella. Ella comenzó a ceder. Ella se enamoró. Él se hacía el duro. Ella, a estas alturas, era obvia. Ella se acercó. Él la besó. Ella se dejó llevar por el momento, y a él le encantó. La noche se acabó. Ella de él no se despidió. Él se fue molesto. Ella se fue enamorada. Hoy en día ella espera otro vino. Hoy en día el espera otra reunión. Ella no deja de pensar en él. Él no deja de pensar en ella.

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