
Bajó una mano del cielo y acariciando su pelo rulo y señal de la cruz, la caricia de Jesús. Hizo posible el milagro. Convirtió la red en tierra, del balón hizo palomas, que aterrizaban su paz en la isla Soledad, borrando una absurda guerra. Judas no juega esta tarde, lo expulsaron por traidor y once apóstoles de Cristo, con sus oídos al cielo consultándole al señor. Y Jesús dijo me voy, de tácticas ya no hablo, pero un consejo les doy: la pelota siempre al diez. Que ocurrirá otro milagro... El diez susurró a su oído, novia eterna ven conmigo, te llevaré de paseo que nos verá todo el mundo y sabrán cuánto te quiero. La pelota enamorada, blanca piel inmaculada, se entregaba sin pudor a suelas de terciopelo, de su eterno gran amor. En filigranas de baile comenzaba su paseo, sobredosis de talento, convertía a los rivales en estatuas de cemento. Gran amante por doquier, danza el diez con su mujer. Caricias, besos, abrazos, el diez haciendo el amor, y el orgasmo fue un golazo. Rojo el sol gritaba gol, sus rayos brazos en alto, y Jesucristo a los saltos festejaba la proeza del señor diez y su alteza. Otro vuelo de palomas, raudo viaje hacia el sudeste, soberanía argentina, banderas blanquicelestes adornan
Por tu milagrosa mano y el milagro de tus pies
Por tu milagrosa mano y el milagro de tus pies
Muchas gracias señor dios, muchas gracias señor diez.
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